Brian era un hombre muy atareado, se pasaba los días con una agenda bastante ocupada con una disciplina férrea. El mundo pasa a su alrededor sin darse cuenta como si llevara un “piloto automático”. Vestía unos jeans, zapatos clásicos, camisa y corbata y caminaba a paso ligero. Le encantaba el té y pasar unos minutos de lectura.
Lo peculiar de este personaje es la historia que le aconteció durante mucho tiempo. Habituado ya a sus tareas le sucedía en su momento de descanso y era algo que le perturbaba. Todos los días después de llegar a casa se despojaba de su corbata, se abría un par de botones y se quitaba los zapatos mientras el té se calentaba. Después dejaba la taza encima de una pequeña mesa, se ponía las gafas cogía un libro de la estantería y se sentaba en el sillón que estaba al lado de la mesita que estaba en medio del salón. El momento crucial llegaba en el preciso instante en que se disponía a tomarse el té, la taza siempre se caía, se hacía añicos el líquido se derramaba por todo el salón.
Brian siguió así durante unos días, pero al terminar la semana decidió solucionar el problema, buscó una almohada y la puso en el suelo para que la taza no se rompiera, inefectivo pues a veces rodaba e igualmente se hacía pedazos. Más tarde buscó una taza de plástico y la situación mejoró un poco, al menos no tenía que ir cada día a comprar una taza nueva, pero seguía aún no había solucionado el problema de cómo mantener el líquido, así que buscó un recipiente grande, un cubo, y lo sustituyó por la almohada. Más tarde buscó una mesa algo más grande, pero ahora la probabilidad se reducía a que se cayera o en la mesa o en el recipiente, así que puso el cubo en la mesa y el vaso en el.
Por casualidad y después de todas estas estrategias que ya le tenían loco sin saber qué hacer con su vida y con la taza, le visitó un amigo para compartir el té. Brian como siempre realizó todo el procedimiento, calentó el té, se quitó la corbata, se desabrochó un par de botones de la camisa, sirvió el té en la taza la cuál colocó en la mesa y, fue a por sus gafas, se puso a hablar con su amigo y… ahí fue que cuando el amigo observó lo que pasaba: cuando se giraba a coger la taza, la golpeaba con el codo sin que se percatase y hacía que se cayera. Un gesto tan sencillo que lo había complicado todo durante mucho, mucho tiempo.
Está claro que es un poco exagerado no darse cuenta de que golpeas a una taza, pero a veces en la vida, damos golpes y golpes sin darnos cuenta, esperamos que los demás cambien, que las circunstancias cambien. En determinadas ocasiones por casualidad se favorece que todo suceda medio aceptable como cuando la taza está dentro del cubo en una mesa más grande, pero hubiera sido más sencillo cambiar de gesto y ahorrarnos los golpes y los costos del cambio, el cambio más efectivo está en uno mismo. Es importante también ser conscientes, estar atentos y no andar por la vida enajenados de nosotros mismo, pues nosotros somos un mecanismo que interacciona con el entorno, un engranaje se pone en funcionamiento si nosotros lo activamos, para que no suceda de manera inconsciente debemos conocernos a nosotros mismos.
Brian por azar consiguió resolver el problema gracias a la intervención de un amigo, por eso también es tan importante rodearse de buenos amigos como de no dejar demasiadas cosas al azar.
Finalmente su amigo le regaló una taza de cerámica nueva, un libro y le recomendó que se revisara la vista.
FIN